PIS

La descalza camina con cuidado, mirando el piso para no pincharse. Abre despacio el enjambre de cañas, como si no quisiera hacer ruido. El vestido amarillo, apenas por debajo de las rodillas, está lleno de pasto. Y el pelo mojado le empapa la espalda.

Busca un claro. Se detiene y se acuclilla. Larga y doblada, la descalza sube apenas su falda y deja asomar esa mata preciosa de vello rubio y espeso. Un hilo largo y flaco forma un charco peligrosamente cerca de sus pies blancos, de uñas mal pintadas. Parece que no se va a cortar nunca ese hilo. Y el charco que crece y se derrama. Pero ella está tranquila, con el mentón apoyado entre las manos. El chorro se diluye hasta cortarse y, antes de pararse, ella sacude las últimas gotas. Redondas, transparentes, ínfimas.

Anuncios